Cómo realizar la valuación de una empresa antes de invertir
Gustavo Neffa, Sala de Inversión América SUSCRIBIRSE
Todo activos tiene un precio, hasta los más rebuscados, particulares o menos escasos. Pero la teoría admite diversos criterios de valuación que son aplicados en determinadas circunstancias y para algunos con características específicas.
Si existen muchos comparables, los múltiplos de valuación relativa son muy útiles y usados en la práctica. Si se quiere encontrar el “valor justo”, el análisis se torna más complicado pero más preciso, al usarse un modelo basado en un descuento de flujo de fondos.
Otro método, menos tradicional, es el que está centrado en los activos. En principio, parece muy sencillo, pero debe aplicarse con criterio y junto a otras mediciones, ya que no todas las empresas son susceptibles de ser calificadas de esta forma.
Su metodología es simple: se analizan los activos de una firma y se los usa para estimar su valor. Se recomienda usarlo en aquellos casos en que éstos son fácilmente separables y cotizables en el mercado, tales como propiedades, mercaderías, maquinarias, etc.
Hay tres casos específicos en los cuales conviene usar determinadas variantes del método contable. El primero es el valor de liquidación o insolvencia financiera (financial distress). Allí se considera lo que el está dispuestos a pagar por los activos si los fueran liquidados hoy (luego de repagar todos sus pasivos, sobre todo las deudas financieras que puedan estar aquejando a la empresa).
Esto surge de restarle los gastos de venta estimados para la liquidación que posee una firma. Así, se obtiene el “valor de liquidación”, es decir el monto de dinero que puede ser cobrado desguazando la compañía (se toman en cuenta todos los costos legales y de administración durante el proceso).
Se trata de determinar un valor si se vendieran sus activos y se repagaran todas sus deudas. Si el precio que están dispuestos a pagar otros inversores, es decir lo que vale en el mercado dicha compañía está por encima de dicho monto, alguien estaría dispuesto a comprarla y deshacerse de ella en partes.
Otro caso es el del “Q” de Tobin o el del costo de reposición. Allí, se evalúa cuanto costaría reponer o reemplazar todos los activos que una empresa tiene hoy. El criterio es sencillo pero no es un método aplicable a todas las firmas sino sólo a aquellas que sus modelos puedan ser replicables fácilmente en la práctica: que no haya que hacer megainversiones o existan indivisibilidades en un gran proyecto de inversión, que no haya patentes o grandes esfuerzos de desarrollo o bien que exista un conocimiento técnico o una fórmula secreta que sea necesaria para poder replicar el producto.
Esto responde al concepto básico de que existe una presión competitiva de otras compañías similares para entrar al mismo negocio o industria, lo cual empujaría a la baja su valor de mercado de todas las ya establecidas hasta igualarse con el costo de reemplazo.
El valor de mercado de la empresa no puede distanciarse de su costo de reposición o reemplazo porque si ello ocurriese cualquier competidor o inversor tendería a replicarla. Al comparar este dato con el de mercado indica si el activo está caro o barato.
Cuanto más abierto a la competencia sea el sector, la relación entre un valor y el otro se acercará a uno, un ratio que es llamado la “Q” de Tobin, es decir el valor de mercado dividido por su costo de reemplazo, un múltiplo llamado Entreprise Value / Replacement Cost (capitalización bursátil) a lo que se le suma la deuda financiera neta de la posición de caja.
El tercer caso es el del valor neto de los activos corrientes, que es el capital de trabajo necesario para llevar adelante el negocio (el efectivo, los créditos comerciales y los inventarios de mercaderías, etc.).
Dentro de las deudas se incluyen las deudas corrientes a menos de un año (las que se tienen con proveedores y bancos), las de largo plazo (las previsionales y fiscales, los leasing y el valor que tuviera en el mercado la participación accionaria de los papeles preferidos).
En este caso, el valor de una empresa se realiza a través de tomar sus activos corrientes, neto de todas las deudas, ya sean de corto o largo plazo. Se excluyen los bienes de uso (los inmuebles y otros) para dar una cifra lo más líquida posible.
Este es el método más antiguo de valuación por grupo de activos con características en común y fue perfeccionado por Benjamín Graham en 1932. Si bien un puede pensar que es muy difícil encontrar empresas cuyo valor de mercado sea inferior al neto de los activos corrientes, en tiempos de crisis suelen descubrirse oportunidades mediante este análisis.
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