El inversor en acciones, en realidad, es un especulador. El 99,9% de los participantes en la Bolsa, opera esperando que sus acciones se valoricen, es decir suba de precio. Compra la una empresa y aguarda a que en el futuro se incremente para tomar una ventaja o un beneficio.
Nadie negocia si piensa que va a bajar o caer. Es decir que los elementos que tiene un papel, como la ilusión de ser parte o propietario de la compañía, se diluye en la millonaria cantidad emitidas que existen.
Por lo tanto, tener el control de la firma está reservado a gente como Bill Gates, Warren Buffet, Carlos Slim, que tienen una porción del capital importante que van guiando las políticas de la empresa.
Un gran maestro que tuve me decía: “la Bolsa y las acciones me dan a mí un único derecho que es el que más valoro: comprarlas y venderlas cuando quiero”. La mejor definición es esa, lo que aporta el mercado es liquidez y transparencia para entrar y salir cuando uno desea.
Los dividendos que puede pagar o la participación que podemos tener en la toma de decisiones de políticas, son elementos marginales para un inversor. El elemento central es la ganancia de capital, la valorización que pueda experimentar esa compañía en el futuro cercano, mediano o largo.
Las principales acciones de un país, de acuerdo a diferentes criterios ya sea de capitalización bursátil o teniendo en cuenta los volúmenes operados en un período de tiempo, se agrupan para conformar un índice bursátil.
Así tenemos el Bovespa en San Pablo, el IPC en México, el IGBVL, en Lima, el IGBVC en Bogotá, en América Latina. En los Estados Unidos, el Dow Jones nuclea a 30 empresas, luego el S&P500 aglutina a las 500 más importantes del país y el Nasdaq 100 con las 100 tecnológicas.
El índice de Inglaterra es el FTSE 100, el de España, el Ibex 35; el de Alemania, el Dax; el de Francia el CAC; y el Europeo, el Euro Stoxx 50. En Asia, tenemos el Hang Seng de Hong Kong, el Nikkei de Tokio, y SSE Composite Index en Shangai. Mirar sus gráficos otorga un gran termómetro de cómo irá la economía, la política, y tiene mucha relación con la cultura, la sociedad y la moda.
Si se focaliza la atención en el agente financiero y económico, los dos toman decisiones en base a la percepción de su futuro: el económico cuando lo ve con problemas saca la lista con el lápiz rojo para bajar gastos y los empresarios reestructuran sus compañías.
En cambio, cuando se muestran optimistas, ponen el dinero en los bancos, compran electrodomésticos, más vestuario, autos, casas, las entidades financiera prestar más dinero a tasas más bajas, etc. La empresas realizan proyectos, toman más gente, fabrican más bienes da más servicios y trabajo.
Es decir que la confianza en el futuro da de alguna manera su voto positivo, mientras que con la desconfianza el negativo. Esa conducta que se contagian, producen efectos expansivos y explican la parte positiva de expansión o ciclo positivo y los efectos restrictivos, de retracción de la economía.
En el caso de los agentes financieros de los mercados, su voto es simple: si cree que todo estará bien, compra acciones pensando en su valorización y viceversa. Como en la Bolsa por cada uno que adquiere hay alguien que vende, la tendencia del índice refleja la fuerza mayoritaria. O sea, si viene subiendo la fuerza de los participantes con optimismo supera la de los pesimistas.
Por lo tanto lo que maneja las tendencias positivas y negativas de la Bolsa de valores, es el humor de los participantes: los primeros reflejan que esperan que las cosas mejores, y la otra que empeoren.
En la economía la percepción positiva de los agentes o humor positivo generan su expansión, mientras que la negativa provoca un espiral negativo o recesivo.
Extraído del libro El poder de los mercados, de Roberto Ruarte (editorial Turmalina)
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