La importancia de filosofía para invertir en los mercados
Gustavo Neffa, Sala de Inversión América SUSCRIBIRSE
A pesar de todos los esfuerzos, la mayoría de los inversores falla en su intento en obtener retornos por encima del promedio de las Bolsas o de todos los demás. Pero siguen buscándolo, mimetizados con grandes personajes como Benjamín Graham, Warren Buffett, George Soros o Peter Lynch. Las personas leen y se nutren de sus habilidades a través del estudio de sus técnicas de selección de activos, en un intento por replicarlas y tornarse ricos de manera fácil y rápida.
Esto implica tener una manera coherente de pensar en los mercados, cómo funcionan y por qué a veces no lo hacen y de conocer los errores que la mayoría comete en forma sistemática para no repetirlos y aprovecharse de ellos.
Pero los inversores también reciben distintas señales de sus bancos, oficiales de cuenta o asesores. Algunos creen es suficiente replicar la filosofía de Warren Buffett de comprar activos con elevados pagos de dividendos, flujos de caja comprobables, poco volátiles y sobre todo crecientes.
Pero lo que funcionó en el pasado no es garantía de que lo vaya a hacer en el futuro, y el mundo cambia: otros asesores le recordarán que éste es la época de la tecnología y que las mejores selecciones se deben hacer en activos de crecimiento.
Otro les dirá que la mejor filosofía de inversión que puedan seguir es la de detectar correctamente los puntos de entrada y de rebote para subirse en el momento más preciso y a través del mismo gráfico anticipar un punto de salida.
Y alguno quizás sugiera lo que le dicen que tiene que vender, productos estructurados por el mismo banco o bien fondos comunes de inversión con los cuales se hizo determinado arreglo comercial, en ambos casos para quedarse con la comisión.
No necesariamente los inversores tienen que tener una filosofía con la que se sientan identificados: las mejores son las que le ganan al resto y solamente lo sabrán al final del período elegido como meta, por lo que seguirla hasta ese momento desconocida puede hasta resultar una buena decisión.
Pero lo que sí hay que hacer es saber elegir una que no sólo sea exitosa, sino que además sea adaptable con sus objetivos y características personales porque no hay una que mejor se adapte para todos.
Una estrategia que funciona para uno que es paciente y tiene un capital importante para invertir no puede ser la misma que para uno con las necesidades de efectivo impredecibles y una cartera más pequeña.
Influyen, entre otros factores, las características personales, el grado de aversión al riesgo. Si uno es un pensador individual o si sigue a las masas, el horizonte temporal que está dispuesto a gastar en esperar que madure la inversión, la edad (y, por ende, sus diferentes necesidades).
Detrás de todas las filosofías hay un enfoque sobre el comportamiento humano. Por ejemplo para saber si la tendencia de un activo es racional o irracional. Primero hay que entender que los seres humanos se suman a la gran masa de mercado sin una opinión bien formada acerca del valor “justo” de los activos”, sino que acompañan a la tendencia de corto plazo.
Por eso, por más que parezca irracional, no necesariamente las acciones que subieron en el pasado son las que hay que descartar sino todo lo contrario porque el volumen aumenta o porque revoluciona una tecnología y se va convirtiendo en una referente a futuro. Una tesis de inversión razonable a largo plazo, puede que no sea adaptable para el corto.
La teoría dice que los mercados son eficientes. Pero ese es un supuesto demasiado fuerte para todas las filosofías. Uno más creíble es pensar que existen fricciones, aunque muchas de ellas difieren en sus puntos de vista sobre qué ineficiencias tienen más probabilidades de aparecer y cuánto tiempo van a durar.
Algunas asumen que los mercados las corrigen constantemente, aunque reaccionan en forma exagerada cuando la información nueva llega y moviliza las cotizaciones de las acciones y los bonos de las empresas.
La misma filosofía puede generar múltiples estrategias de inversión, tales como una combinación de estrategia activa y pasiva. Además, todas pueden compartir el mismo objetivo de ganarle al mercado, pero en cada filosofía se hará hincapié en un componente diferente del proceso general de construcción de un portafolio y que requieren diferentes habilidades para el éxito.
La mayoría de los inversores no tienen una y lo mismo puede decirse de muchos administradores de dinero profesionales y asesores. Adoptan la estrategia que parecen funcionar y los abandonan cuando no lo hacen.
¿Entonces por qué es necesaria una filosofía de inversión? Porque, en primer lugar, se tendería a cambiar de plan simplemente basándose en un argumento de venta fuerte de un defensor de la misma o de uno con un reciente éxito, perdiéndose el timón o el objetivo original de la cartea. Además, al pasar de uno a otro tendrá que modificar su cartera con los consiguientes elevados costos de transacción.
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