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El nuevo impuesto a las operaciones financieras lo pagarán todos los europeos

[18 ago 2011] Nick Beecroft, presidente, Saxo Capital Markets UK   SUSCRIBIRSE

El comunicado tras la cumbre franco-alemana del martes entre Nicolas Sarkozy y Angela Merkel contenía un compromiso para explorar la introducción del llamado “impuesto sobre transacciones financieras”, es decir, una recaudación de tipo reducido sobre el valor nominal de todas las operaciones, que se aplicará a las partes, probablemente en las operaciones derivativas, como los CDS.

Pero la propuesta no quedó clara y no se definió exactamente cuáles serían los mercados afectados. El concepto de un impuesto sobre las transacciones financieras siempre ha sido uno de los recursos favoritos cuando los políticos están en apuros. En versiones anteriores, fue el llamado “Impuesto Tobin”, por el premio Nobel James Tobin, quien propuso por primera vez la idea en 1972, poco después del colapso del sistema Bretton Woods de controles globales sobre los cambios de divisa.

Es una idea que se tiende a retomar en ciertos momentos de estrés y que ya se planteó durante la crisis del sistema monetario europeo en 1992 y durante la crisis asiática de 1997/98. Por lo tanto, a nadie estpa sorprendido que en esta última crisis se haya sacudido el polvo de este pernicioso concepto.

Existe una tradición sagrada entre los políticos que consiste en culpar a los especuladores grandes y malos; desde los “Gnomos de Zúrich” de Harold Wilson (aparentemente responsables de la Crisis de la Libra Esterlina de 1964), hasta el ataque del Primer Ministro malayo Mahatir sobre los fondos de cobertura en general y George Soros en particular.

Es mucho más fácil recurrir a esos chivos expiatorios que admitir que sus errores sobre la economía fundamental provocan la caída de una divisa o que se disparen los diferenciales de bonos de gobiernos.

¿Y por qué no meternos con los bancos? Siempre han sido un objetivo popular y aún se mantienen las suspicacias tras haber admitido su papel central a la hora de perpetrar la mentira de los valores garantizados con hipotecas, que casi hundió al sistema financiero global.

Está claro que esta medida no sería muy dolorosa. De hecho, sería increíblemente satisfactoria para todos. ¿Excepto para los propios banqueros?

La respuesta es “no”; no sería inocuo para todos. En primer lugar, si se aplica dicho impuesto a los mercados financieros, (¿a cuáles de ellos? ¿Divisas? ¿Renta variable? ¿Deuda? ¿CDS?), se aplicaría la ley de las consecuencias imprevistas y la liquidez en estos mercados se reduciría de forma drástica, al reducirse seguramente el número de contrapartidas en estos mercados, así como su entusiasmo por celebrar operaciones grandes. Esto significaría –respecto de las divisas- que los “auténticos” hedgers, los tesoreros de las empresas, por ejemplo, tendrían que pagar precios mucho peores, lo que afectaría a la rentabilidad de la industria y no contribuiría en nada a la incipiente recuperación en Occidente. En algunas divisas incluso se volvería imposible encontrar precios de cobertura para cualquier divisa a niveles viables.

Y a esto habría que añadirle el inevitable impacto sobre los beneficios de los bancos, con lo que supone respecto de la predisposición y capacidad de los bancos para conceder préstamos a la industria.

Lo cierto es que un impuesto sobre los bancos se traduce rápidamente en un impuesto a sus clientes.

De hecho, no hay por qué preocuparse porque, en realidad, cómo va ser aceptable políticamente un impuesto como éste. Afectaría gravemente al sector financiero europeo y generaría actividad en Nueva York, Singapur, Hong-Kong, etc. Si fuera meramente una medida de la eurozona, o incluso una medida de la UE, (aunque no cabe la menor posibilidad de que el Reino Unido firme una medida como ésta), será solo cuestión de meses que los mercados escapen de Europa para dirigirse a otros destinos más obvios y atractivos Serían consecuencias desastrosas para los centros financieros de Europa.

Aunque si solo se implementasen en países o bancos de la eurozona está claro que Londres también se convertiría en uno de los grandes beneficiarios a los que me había referido.

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